domingo, 20 de enero de 2008

Cuando los cerros juegan con las nubes


Este era el regreso del típico viaje aburrido, a la playa, de todos los años, un poco helado para la fecha y con la noche cayendo a cada instante que miraba a la ventana. Cerros, autos y árboles se combinan para formar mi pasaje monótono del día, y la luna parece una cara rígida y sin sentimientos que mira a la carretera, ninguna estrella la acompaña por eso se me ocurre que esta triste, poco después vuelvo a la realidad y pienso en la estupidez que acabo de pensar.

La ventana contraria al asiento del bus del que me encuentro, se encuentra lleno de cerros pero cuando estos terminan su continuo paso, se divisa lo que queda del día y sus colores anaranjados decrecen a cada momento que el bus avanza, me dio la sensación de que el bus huye del día y se refugia en la noche, o tal vez soy yo que quiero pensar eso.

Como ya lo dije este tipo de viajes me parecen aburridísimos, es poco lo que hablo y en ver pasar árboles y autos en reverso no es la mayor diversión del mundo.

Pero algo en este viaje era distinto, lo presentí desde que estaba en el Terminal mirando buses y gente apurada, pero ahora lo comprendí, algo muy común pero que yo nunca había podido contemplar, estaba a punto de suceder.

Un cerro en el paisaje topo con una nube; la nube eufórica se puso de pie apoyándose en el suelo e hizo una señal que yo no pude comprender, pero al parecer el cerro si, y se levanto y propuso sus pies para el encuentro, se disponían a efectuar un partido de fútbol.

El juego comenzó y desde el inicio la contienda era pareja, la casa- pelota surcaba por el cielo de arriba abajo, lanzada con poder de un lugar a otro en la pradera. Y todo esto sucedía ante mis ojos llenos de curiosidad, cual de los dos seria el primero en pasar la casa por el puente contrario.

La tensión en mi crecía a cada segundo que pasaba, nunca hubo un jugador dominante claro. De un momento a otro en lo mejor del juego escucho un grito mudo, palabras que no comprendía pero sabía muy bien a quien pertenecían.

Desperté y era mi madre la de los gritos, la que me despertaba. Desvié rápidamente mi mirada al campo de juego pero era en vano, no pude ver el gol de la nube, solo su celebración, levantándose por sobre el cerro para demostrar su supremacía.

Yo estaba feliz, no por la nube, si no que por la luna, que ahora, reía por su compañía, ¡si¡ ¡con eso fui feliz¡ por que fue la primera vez que la luna me sonreía.

Viaje San-antonio a Santiago, 19/01/08

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